12.- CORRUPCIÓN POLICIAL

Desde la década de los 80s que empecé a incursionar en el mundo de la seguridad, pero precisamente, desde los 90s que ingrese al sistema (inexistente entonces, poco claro actual) policía, veo la misma constante, las mismas prácticas, los mismos vicios y hasta las mismas justificaciones en las policías de los tres órdenes de gobierno.

Antes, y fue motivo de mi último libro, me frustraba ver que mandos llegaban, se iban; partidos en gobierno salían, otros entraban y continuaban (continúan) las mismas prácticas: el doble lenguaje, el negocio carretero, criminal; el “entre”, las cuotas verticales y horizontales y un sin número de actividades que justificaron la existencia del policía a grado tal de justificar y exigir, como un compañero algún día me comentó, “una prestación más por arriesgar la vida” por “servir a la comunidad” “por hacer un trabajo que nadie quiere y gusta”. Ha llegado el cinismo al límite que no solo se ve como una prestación sino como una conducta cotidiana, correcta, como un hábito, como parte de un “bono salarial”.

Por ello, cuando ingresa un nuevo policía que no se presta a esas prácticas, inmediatamente es despreciado, señalado, burlado y, seguramente expulsado de la organización criminalizante policial, dejando a un lado sus pretensiones de servicio civil de carrera.

El temor a la ruptura del statu - quo es tan grande que hay estados que permiten la permanencia de mandos de dudosa reputación o probada corrupción por miedo a que éstos desestabilicen “la simulada gobernabilidad” y seguridad en los territorios, siendo cuestión de tiempo que la relación entre los mandos y los criminales se desgasten, se fracturen y se vea reflejado no solo en el aumento de la incidencia delictiva sino en la aplicación de “vendetas” en vía pública, de enfrentamientos, levantados, torturados y muertos por promesas incumplidas, por cuotas no cubiertas donde, siempre o por lo menos en la mayor parte de los casos, encontramos policías involucrados. Se dice y se dice bien que “han crecido los enanos en el circo”, ya que antes, los mandos corruptos fijaban los términos a los criminales ahora, son éstos quienes deciden el destino de aquellos.

Ese, es el sistema policial mexicano, lleno de advenedizos, de personeros con doble discurso; de secretarios amenazantes contra la corrupción pero tolerantes al interior; aplicadores del rigor de la ley a la tropa policial pero permisivos y participantes en la gran corrupción policial, en la protección de capos y grandes cárteles, en el enriquecimiento mediante el manejo de contratos y licitaciones millonarias, en la práctica cotidiana de delitos de cuello blanco, poco perceptibles pero muy visibles en el cambio de status, en el aumento de ingresos que conforman enriquecimientos muy explicables pero poco perseguidos, ejemplos claros de los mandos hechos en el anterior sexenio o de funcionarios que son premiados a pesar de su fracaso en “campañas de limpieza” en pseudo-investigaciones que al final resultan simulaciones y montajes, funcionarios que acaban siendo grandes empresarios, consultores, embajadores y, peor aún, en lugar de ser llamados a cuentas, repiten en las administraciones entrantes, inclusive, a pesar de pertenecer a otros partidos y corrientes políticas.

Pero.. ¿Tenemos los ciudadanos las autoridades que merecemos? Así es, ahora que me he dedicado a la práctica profesional privada, me encuentro con empresarios, políticos, ciudadanos y, por supuesto funcionarios públicos que juntos, en contubernio, desarrollan todo tipo de negocios turbios, contratos de servicios elevados con el único fin de mejorar un ingreso, despreocupándose, por supuesto que esto llegue al bienestar ciudadano, al bien común y cuando se busca que las cosas sucedan, que los recursos se apliquen, es cuando uno es visto como fuera de contexto, como inútil para los negocios, algo similar al policía nuevo que quiere hacer bien su trabajo, es denostado, expulsado, en este caso, del círculo del negocio.

México, nuestro México vive una descomposición generalizada, donde se ha hecho de la corrupción una práctica no solo permitida y cotidiana, sino una forma de vida, un hábito. Simplemente analicen quienes son los que “lanzan” las cruzadas anticorrupción y verán desagradables sorpresas.

Aun así, no nos cansemos, busquemos revertir el mal hábito, empecemos por nosotros y nuestro círculo íntimo.

BGC

Presidente

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